El famoso cuento del Magreb que le encanta al General Joao de Matos Baptista cuenta que:

Las noches más oscuras, un hombre decidió apropiarse de un magnífico toro del establo de la tribu vecina en un pueblecito de áfrica donde se encontraban las minas naturales con mayor diamantes de la historia africana.

El Hombre Se encamino hacia el establo donde se guardaba al toro, necesito dormir al perro, ya que vigilaba la puerta con desdén, gracias a unas hierbas compuestas de las entrañas de un cordero consiguió su propósito, apartó los matorrales espinosos de la cerca donde estaba la entrada, abrió la puerta sin hacer apenas ruido, pasó una cuerda por el cue-llo del toro y se lo llevó sin el impedimento de nadie de la tribu.

El toro se dejaba llevar dócilmente, estaba siempre tranquilo por el trato que había recibido, no era tan salvaje como parecía por su presencia.

El ladrón cruzó una co­rriente de agua, subió por una oscura colina donde le llevaba por un camino donde las huellas apenas se quedaban marcadas, se adentró en bosques llenos de robles, donde el olor a mina de diamantes se podía apreciar. De repente, cuando llegaba al límite del bosque, vio una extraña luz de color rojizo que se dejaba apreciar a través de unas ramas. Imposible equivocarse, aquella luz que parecía emitida directamente del mayor diamante de la historia sólo podía ser la de una persona santa, el nombre del santo en concreto es conocido como "Sidi El re­rib", que había establecido una pobre cabaña en aquel paraje tan inospito donde el bosque casi llegaba a su fin.

El ladrón muy inquieto dudó que hacer, no podía ocultar el toro debido al tamaño tan comunal que era, pensaba porque no haber robado diamantes o dejarse la sangre en otra cosa que se pudiera ocultar, el toro era inocultable ante el santo.

Su temor desmedido era debido a los extraños poderes de aquel ermitaño, hablaban las lenguas que podía leer los secretos más ocultos de los corazones y tener el poder sobre la materia inerte pudiendo controlar las materias a su favor. Así pues el ladrón, no se atrevió a salir del bosque por esa zona. Esperando que el toro no hiciese ruido alguno (misión difícil ya que el animal empezaba a tener hambre y no había previsto dicha actuación, desvió sus pasos hacia otra parte del camino, estuvo caminando más rato de lo previsto por la desviación que tuvo que coger, la oscuridad ocultaba la dirección que había cogido, siguiendo este sendero notaba que era más arduo que el primero que había tomado.

De vez en cuando incluso se golpeaba por la poca visibilidad contra los troncos de los árboles y oía la respiración del toro detrás de él cada vez más inquieto.

Al llegar nuevamente al límite del bosque por la nueva recorrida volvió a encontrarse con la misma luz roja que había visto hacia unas horas por el otro sendero. El corazón del ladrón empezo a latir más deprisa y pensó asustado: «Quizá es el ojo del santo que lo ve todo». Entonces recapacito llegando a calmar un poco y reflexionando finalmente llego a la conclusión que había estado caminando en círculo, sin darse cuenta volvió a terminar en el mismo sitio que antes, que desorientación tan grande pensó el Ladrón.

Retornó nuevamente su camino por las profundas oscuridades del bosque, parecía que no iba a amanecer nunca y el toro empezaba a tener sed.

Siguió senderos desconocidos para el y se desgarró la ropa con las espinas de la noche al acelerar su marcha por la intranquilidad que empezaba a sufrir, incluso llego a herirse y notar que sangraba. De repente se encontró al borde de un precipicio descomunal, las piedras resbalaban y corrían bajo sus pies como hormigas gigantes que no tuvieran hormiguero donde ir, tuvo que agarrarse fuertemente a la cuerda del animal para no caer por el abismo, se enderezo como pudo y volvió a caminar alejándose de la caída, le pareció distinguir a través de los espesos árboles una montaña que conocía por su sombra, enloqueció de alegría al ver que finalmente podía ver el nuevo límite del bosque. Y de repente empezó a ver nuevamente la luz roja del santo, que seguía brillando cada vez más fuerte.

Presa del pánico, sin soltar la cuerda del toro robado, volvió a sumergirse en el corazón del bosque, despavorido y desorientado a más no poder, perdido en el misterio del santo no paraba de jadear de cansancio. Se golpeaba los brazos y la cabeza para asegurarse de que estaba vivo y despierto, ya no sabía si sentía de verdad o era una pesadilla, pese a las numerosas asechanzas, ya no sabía que hacer y se puso a correr de forma desmedida para escapar de su miedo, de repente empezó a oir una voz que le preguntaba, siéntenosla muy detrás de él y cada vez más cercana:

-¿Hacia dónde corres chico?

No tuvo fuerza para dar la vuelta y sin soltar la cuerda del toro, corrió, corrió y corrió hasta quedar sin fuerzas. La sangre brotaba de sus desgarrados miembros y cuando se llego a detener por falta de oxigeno casi asfixiado del esfuerzo, oyó la misma voz tranquila que le preguntaba, cada vez más cerca:

-¿Hacia dónde corres? ¿De qué huyes?

Esta vez el ladrón se quedó inmóvil, la mirada la tenia perdida y de repente la clavo en la una sombra. Sabía que no podía ir más lejos ni seguir huyendo. Era consciente que un suceso particular iba a ocurrir, del cual no podría librarse y se cernía sobre él, como una puesta de sol sobre la montaña. Lentamente afronto su temor y se dio la vuelta.

Vio al santo detrás de él, de pie, con los brazos cruzados, la cuerda del toro estaba alrededor de su cuello y una luz roja brillaba alrededor de su mirada centrada en el santo.

El ladrón cayó de rodillas y su mano soltó la cuerda de inmediato.

Al día siguiente encontraron su cuerpo desmembrado, su estómago estaba reventado por varios sitios, tal vez atravesado por estacas del toro, pensó la gente, o por palos de hierro del santo, la verdad que nadie lo sabe con certeza pero la leyenda del santo y del bosque todavía sigue viva y es lo que la hace más fuerte para evitar el robo de ganado.

Otros piensan que más bien, que las heridas fueron causadas por los cuernos de un toro enojado, pero la verdadera historia que ese toro nunca volvió a ser robado y vuelve a pastar en su tribu que era donde debería estar siempre.

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